Pero dicha simpleza se ha visto acompañada de altibajos, burbujas, pinchazos, manías, pánicos, choques y conmociones financieras. Un ejemplo de ello es que, con datos disponibles desde 1870, se han registrado 148 crisis financieras en las que un determinado país ha experimentado un descenso acumulado de no menos de 10% de su Producto Interno Bruto (PIB), con repercusiones muy prolongadas (en algunos casos) debido a una pérdida de bienestar originada por una contracción del consumo (llevada a cabo por las familias, los gobiernos y las empresas).
El elemento que modifica la fórmula es el comportamiento humano o su emocionalidad, esto al responder a lo que acontece en el día a día. La respuesta no es (necesariamente) estocástica, pues el primer hecho o precio conocido no tiene por qué ser el último acto del pasado.
Una persona sólo necesita segundos para cambiar de humor y responder de una manera que nunca habíamos imaginado. En el ámbito financiero, la euforia y el desaliento sobre cómo se percibe la situación en el futuro son constantes que se deben considerar.
Lo anterior nos conduce a la conclusión de que las finanzas han evolucionado con un “carácter darwiniano”, donde sobreviven los más aptos, es decir, aquellos que comprenden la simplicidad de las complejidades financieras.
El crédito, desde su fuente etimológica, proviene del latín creditum (de credere o creer), que significa “cosa confiada”; por lo tanto, significa, entre otras cosas, confiar o tener confianza. Por otra parte, la palabra inversión proviene del latín investire, que significa vestir, cubrir, rodear o abrazar.
Con lo anterior, desde posturas contrarias, pero que se complementan en una operación financiera, se adquiere un crédito cuando carecemos del recurso para llevar a cabo un gasto, esto con la intención de consumir en el presente a costa de no hacerlo en el futuro.
Esta operación nos lleva a la reflexión, sin satanizar, sobre la importancia de saber si contaremos con la solvencia y liquidez necesarias en el futuro; no sólo para devolver el capital solicitado, sino también los intereses, honrando así la confianza depositada en nosotros.
Pienso que las preguntas para cualquier tipo de crédito son básicas: ¿necesito esa compra?, ¿puedo esperar para comprarlo con mis ahorros?, ¿el costo es razonable?, ¿el plazo es adecuado? O, simplemente, con una agresiva honestidad con nosotros mismos: ¿lo podré pagar?
Si las finanzas están involucradas en nuestra propia existencia, entonces el crédito podría convertirse en un acto de estrechamiento y cercanía entre personas. Por ello, sugiero un nuevo término en las relaciones personales: ¿podrías darme crédito?, porque el crédito no se le da a cualquiera.
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