¿Existe una fórmula secreta que se pueda replicar y así más talento tenga oportunidades de llegar a sus objetivos? La respuesta corta es que no, a menos que se considere venir de una familia con dinero o ganarse la lotería para tener el capital necesario para hacer y deshacer, pero es incompleta.
Estos mitos no son solamente ideas que vemos aparecer en blogs, sino prejuicios que se reproducen en la vida real y que se convierten en expectativas erróneas.
La respuesta más larga, por otro lado, es que no existe una lista estática para convertirse en CEO con éxito, aunque sí se ha identificado lo que no funciona realmente. Las figuras de poder están rodeadas de mitos que, en muchas ocasiones, se convierten en afirmaciones gracias a rumores o alguna de las falacias argumentativas en las que muchas veces caemos al definir un puesto de liderazgo a partir de un puñado de ejemplos.
Por lo anterior, creo que es importante mencionar cuáles son estos mitos que, más que hacer un favor, dañan la imagen de la dirección general y, por lo tanto, a las mejores prácticas que se olvidan y que son clave para cualquier persona que tiene un rol de liderazgo.
Aunque existen ejemplos de dos personas en el puesto de dirección general (coCEO), la figura del CEO es siempre una solitaria; por lo tanto, es sobre quien recae el esfuerzo de llevar a cabo acciones específicas en la organización:
Sin embargo, con este mito se olvida que, en realidad, la persona que hace un buen trabajo de CEO es también alguien con buenas habilidades de liderazgo, que sabe cómo delegar responsabilidades y atraer el talento ideal para cada una de ellas.
Es fácil perder esta perspectiva porque en redes sociales, artículos de prensa y conferencias sólo vemos a una persona como CEO dando la cara por toda la empresa; sin embargo, detrás existen equipos que hacen posible que su dirección se lleve a cabo, además del consejo de administración que evalúa su desempeño, las mentorías que le permiten estar al día en su industria y los colegas que han contribuido (y lo siguen haciendo) para que haga su trabajo.
Quizá le pasa a mucha gente, escuchan “habilidades de liderazgo” y piensan en alguien con carisma, con gran facilidad de palabra, popular en redes sociales y querido por todo el mundo. Este perfil, aunque sería ideal a nivel de relaciones públicas para cualquier compañía, no es tampoco el que se busca cuando es momento de decidir por el puesto de CEO.
Lo que importa en verdad son los resultados y estos se alcanzan no porque reciba muchos likes en sus tuits o publicaciones de Facebook, sino porque su dirección se traduce en crecimiento en los negocios de la empresa, las decisiones que toma mejoran las operaciones y, en general, mantiene a flote una organización (incluso en los tiempos más complicados).
Es posible que a muchas empresas de las que hablamos ahora las conocemos por la personalidad extrovertida (incluso controvertida) de quien las dirige, pero, ¿cuántas más ignoramos que son igual o más sólidas gracias a que su silla de dirección se concentra en su trabajo y no en lo que la gente dice de ella en Twitter?
Como si se tratara de la época medieval, se le da al puesto de CEO un halo de misticismo, es decir, que llegar ahí está reservado para las personas que nacen con una inteligencia excepcional. El único ingrediente que cuenta desde la cuna es el de la herencia (de capital, de contactos, de influencia). Lo demás ya depende de un desarrollo de habilidades que, si se toma por sentado, dejará ver qué tan capaz es alguien como CEO.
Como ya dije, sabe rodearse del talento que se encargue de ciertos aspectos mejor que la dirección, porque como CEO no se debería estar apagando fuegos. Por otro lado, este rol exige una curiosidad que permita buscar soluciones innovadoras y nuevas maneras de hacer negocios, abrir su mente a herramientas que surgen con las transformaciones tecnológicas y el cambio en los mercados; es decir, una educación continua que amplíe su espectro. Esa es la verdadera genialidad.
Es verdad que este es un puesto demandante y con mucha responsabilidad, sin embargo, la idea de que el sacrificio por estar en la dirección es renunciar a todos los aspectos personales de su vida es un mito que, si se aplica, cuesta la salud mental de quien lo hace.
Se trata de una parte de sus intereses y es cierto que ahí podrá incluir mucho de su personalidad y valores, pero su tiempo libre, aficiones y seres queridos es lo que realmente dice lo que es. Y si en su forma de dirigir demuestra que le importa más pasar las horas dentro de la oficina que viviendo, entonces es una mala noticia para el resto de la empresa, porque lo más seguro es que esperará que la plantilla laboral tampoco tenga vida privada.
Hay quien piensa que esto ya no es parte de la conversación y que se ha recortado significativamente la brecha de género, aun así, una nota de El Economista menciona que el 38% de los puestos de alta dirección (CEO, dirección de información, etc.) en México son mujeres.
A pesar de que sí hay un aumento de la presencia de mujeres en estos perfiles, lo cierto es que todavía existe un sesgo que comienza desde las recomendaciones entre colegas y empresas, hasta las mismas dinámicas familiares en donde a las mujeres no se les dan las mismas oportunidades de desarrollo como a los hijos varones, o bien, se les descarta porque el cuidado de la familia recae totalmente en ellas.
Estos mitos no son solamente ideas que vemos aparecer en blogs (por ejemplo, algunos dicen: “Para ser CEO tienes que despertarte a las 5 de la mañana todos los días”), sino prejuicios que se reproducen en la vida real y que se convierten en expectativas erróneas que dañan a quienes ya están en la dirección y desalientan a quienes aspiran llegar ahí algún día. Es hora de olvidarnos de ellos.
Dentro de las empresas, las buenas ideas que se convierten en pilares de exitosas estrategias rara vez llegan con un proceso perfecto o a prueba de errores.
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