Escribir un libro no es otra cosa que el resultado de un sistema de producción automática de todas las combinaciones posibles de los signos ortográficos disponibles. Una posible combinación es La Biblia, otra El Quijote y otra, un total sinsentido. Escribir, dice Juan Villoro, no es otra cosa que desordenar sistemáticamente el alfabeto.
Hoy en día, ChatGPT, Sydney y el resto de las máquinas de Inteligencia Artificial (IA) generativa requieren de un corpus de conocimiento y de un algoritmo de producción (más parecido a un proceso de producción automática que a un proceso intelectivo). Si esos elementos provienen de información errónea o falsa, así como de procesos racionales parciales y sesgados de las personas que los programan, podemos decir que la inteligencia es parcial o mecanizada, o bien, que en el peor de los casos, no es inteligencia, sino ignorancia. En las siguientes líneas exploraremos las limitaciones de la IA, su supuesta capacidad creativa, para qué se debe utilizar y sobre todo, para qué no.
Desde los albores de la era de las computadoras, científicos y filósofos han advertido sobre el día en que las máquinas pensantes rivalizarán y, eventualmente, superarán a la inteligencia humana. En los escenarios más distópicos de la ficción y el cine, estas máquinas esclavizan a los humanos en un intento por su propia supervivencia (ya se ha platicado sobre el patrón RUR en entregas anteriores).
Desde la perspectiva utópica, en cambio, se concibe a la IA como un agente emancipador que liberará a los humanos de las labores rutinarias y tediosas, de la esclavitud que supone ocuparse para la productividad. Sin importar la perspectiva, son las limitaciones y no los alcances de la IA los que deberían constituir una limitación.
El término IA ya implica, evidentemente, que hay inteligencia y se puede modelar artificialmente. El modelo de inteligencia en el que se basa y que es la medida para la evaluación del nivel alcanzado es la inteligencia humana. Sin embargo, dice Anil K Jain, profesor de ciencias de la computación en la Universidad de Michigan State: “Mirándonos a nosotros mismos, de manera realista debemos admitirlo: somos seres bastante limitados. En consecuencia, ¿cuánta inteligencia podemos esperar realmente de sistemas modelados a partir de un original tan pobre?”.
Entonces, la primera limitación de la IA que provoca su “ignorancia” está relacionada con su modelo y medida: los humanos. Es posible que la amenaza real no provenga de la IA, sino de algo que podríamos llamar “ignorancia artificial”.
Si la IA significa el potencial de las máquinas para imitar los rasgos más admirables y distintivos de los humanos (creatividad, comprensión, conciencia), la ignorancia artificial denota su tendencia a modelar los más oscuros demonios de su naturaleza (prejuicios, miedos, odios). En palabras de William Egginton, destacado filósofo y crítico literario, esta amenaza ha sido evidente desde hace algún tiempo y ha habido varios llamados a la acción para protegerse contra los algoritmos que replican los males sociales rampantes en los conjuntos de datos con los que aprenden.
Dada la tecnología que sustenta a la IA generativa, es importante reconocer que su inteligencia es, por esta misma razón, inherentemente ignorante. No imita la creatividad humana; dice Egginton, más bien, replica otro aspecto necesario de nuestro uso del lenguaje que no es creativo ni innovador, pero que es esencial para que nos entendamos unos a otros; usamos el lenguaje de maneras fundamentalmente similares a la mayoría, sin embargo, los humanos también dependemos de otro poder igualmente crucial: las palabras; éstas pueden convertirse en metáforas y usarse para significar algo distinto de lo que significaban cuando se encontraron con ellos por primera vez.
Dado que una metáfora verdaderamente innovadora depende de que los humanos reutilicen los signos existentes para reflejar experiencias vividas únicas, no es algo que los usuarios del lenguaje no sensibles puedan producir. Sin embargo, las metáforas son el ingrediente secreto que separa la inteligencia de la ignorancia artificial.
No obstante, la ignorancia artificial surge de algo más que la simple tendencia de esta tecnología a modelarse según el vasto catálogo de agresión e insipidez que es el Internet. En cierto modo, la ignorancia siempre estuvo en el centro del proyecto de la IA.
Crear, en sentido estricto, es producir de la nada, extraer algo nuevo de algo que nada contiene. En ese sentido, nadie (humano o máquina) puede crear, ninguna originalidad es posible. Todo lo que puede imaginarse está escrito en algún rincón de algún libro de La Biblioteca de Babel de Borges (incluidas las líneas que ahora escribo).
Pero si se concede cierta libertad en la definición, aceptamos que nada se crea de la nada y entendemos la creatividad como la creación de nuevos conceptos, ideas o asociaciones, entre ellos provenientes de la experiencia, entonces crear es posible. Sólo que, desde una perspectiva epistemológica, la creatividad es un signo cognitivo de los humanos al depender de factores sociales y psicológicos que determinan el proceso de construcción del conocimiento.
Según Dirk Spennermann, filósofo e investigador, después de la imprenta y el Internet, los modelos de lenguaje generativo de IA son el tercer invento tecnológico transformador con un impacto verdaderamente intersectorial en la transmisión de conocimientos, por lo que, la discusión de cómo debe usarse en el ámbito académico, social industrial y de negocios no es un asunto menor.
Por lo anterior, se puede afirmar que la IA se debe utilizar en el ámbito del conocimiento para apoyarlo como una herramienta de recopilación de información; de ninguna manera como un elemento que norme o sustituya la libertad creativa y cognitiva de las personas; en el ámbito industrial y de negocios para mejorar la eficiencia a partir de la automatización de tareas rutinarias o riesgosas para las personas, así como para soportar la toma de decisiones, pero nunca para sustituirlas. Un componente fundamental es la ética en el uso de los datos y la sobreposición del bienestar de las personas por sobre cualquier otro criterio.
La IA, más allá de los escenarios utópicos o distópicos en debate, es una realidad tecnológica y social ya ineludible. Es necesario cobrar conciencia de que, si bien es una herramienta muy poderosa, en palabras de Egginton, debe tratarse sólo como un apéndice que permita a las mentes humanas hacer más de lo que ya pueden hacer y realizarlo mucho más rápido.
Es cierto que la IA es capaz de crear obras de arte, poesía y música convincentes (incluso hermosas); pero al imitar tanto lo mejor como lo peor de la naturaleza humana, el peligro que se vislumbra es que también amplifica las fallas de nuestra propia ignorancia, dejando el libre albedrío, la libertad y la moral en frío e implacable algoritmo.
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